Reflexiones de un vagamundos sobre la Felicidad.

Un cuento, creo que anónimo, que leí hace tiempo, narraba la historia de un hombre y una mujer que se conocieron, se enamoraron, se prometieron, y finalmente se casaron; su existencia era normal, salvo que la primera vez que se encontraron, la mujer portaba un cesto tapado, y ante las insistentes preguntas del hombre sobre su contenido, ella le contestaba que lo sabría a su debido tiempo, y que le prometiera que nunca lo abriría sin su consentimiento.

El tiempo pasó, los negocios iban bien, la familia prosperaba y eran aparentemente felices, pero el hombre estaba cada vez más atormentado por la curiosidad, y una vez que se encontraba sólo en la casa, no pudo resistir más la tentación, y abrió el cesto; para su sorpresa, éste no contenía nada, y cuando la mujer regresó al hogar, el hombre se rió de ella y le dijo “loca mujer, todo este tiempo me has tenido en vilo, y resulta que el cesto está vacío“; la mujer no dijo palabra, recogió sus cosas y se fue para siempre de la casa; no penséis que la mujer abandonó al marido por haber roto su promesa, la razón era otra: ella había estado recogiendo toda su vida polvo de estrellas, colas de cometa y reflejos de luna, y las había guardado celosamente para regalárselas al hombre que la amara verdaderamente; el hombre que había visto el cesto vacío no podía ser ese hombre.

Este cuento, tan sencillo como hermoso, contiene para mi muchos mensajes adecuados para el tiempo en que vivimos; uno de ellos lo hilvano con una frase de El Principito, que dice que lo esencial no se ve con los ojos; estamos en un mundo cada vez más material, donde los únicos valores que cotizan son los de la Bolsa, y la razón que se impone no es la de la palabra sino la de las armas; esta razón es tan poderosa que se acabará volviendo contra los que la esgrimen.

Otra enseñanza extraída de este cuento es lo importante que es la belleza interior; podemos ser más altos, más bajos, más ricos, más pobres, más blancos, más negros, más guapos, más feos, pero nunca podremos ser felices si cuando miramos en nuestro espejo interior, el reflejo que vemos no nos gusta. Mucha gente pasa sus días acumulando títulos, diplomas, riquezas, poder, y su ambición no tiene límites, pero no saben que la felicidad habita a ras de tierra, y que sus montañas de posesiones les alejan cada vez más de ella.

Finalmente, este cuento contiene un gran mensaje de amor, entendido como entrega generosa, sin límites, y no con el sentido de posesión del “te quiero”; sólo el amor verdadero y correspondido habría permitido a esta pareja recoger juntos polvo de estrellas para usarlo como lecho, arrancarle la cola a un cometa y arrebujarse con ella, y atrapar con sus manos un reflejo de luna que les serviría como almohada.

A mí, que sólo entiendo la razón de la palabra, que el diploma más importante que me han concedido en mi vida es el de masajista de almas, y que estoy acostumbrado a dormir sin almohada, me produce una enorme tristeza pensar que no sería tan difícil vivir en un mundo más feliz; bastaría con que dedicáramos parte de nuestras energías en hacer felices a los que nos rodean; éstos a su vez, al ser felices, contagiarían a los suyos, y en una especie de onda expansiva universal, la felicidad podría alcanzar toda la Tierra.

Pero entonces desperté de mi sueño, en las noticias oí que Pakistán y la India podían entrar en guerra, que Australia ardía bajo las llamas de fuegos provocados, que Perú y Brasil se ahogaban bajo las torrenciales lluvias, y que Argentina se hundía también en manos de políticos ineptos y populistas, y me dije “menos mal que fue un sueño, porque si llego a escribir un diario con este tema en vagamundos.net, los lectores pensarían que me he vuelto un cursi, un blando, que me he enamorado, o que me ha atacado el espíritu de la Navidad“.

A pesar de todo, Feliz 2002.

¡¡Hasta Pronto!!

Desde la Tierra Media.