Ellos iban con viento en popa a toda vela.

Aunque lleva la fama, Finisterre (Fisterra en gallego) no es el punto más al oeste de España y Europa, sino que ese honor le cabe a Touriñán (aunque en realidad el honor europeo le corresponde al Cabo da Roca en Portugal, cerca de Lisboa), algo más al norte, hacia donde enfilamos nada más salir del puerto de Finisterre.

Pero primero había que pasar “O Centolo”, una enorme roca a la que los marineros le tienen mucho respeto, ya que con temporal parece que atrae a los barcos a sus bajíos, pero por suerte el viento había amainado bastante y pudimos pasar cerca sin problemas.

El faro de Touriñan es doble, ya que el original, de 1898, es una pequeña torre de sólo 8 metros de altura (que con los 50 del acantilado completan los 58 metros desde los que lanzaba sus destellos), que sólo alcanzaba 10 millas, así que 80 años después se inauguró la torre de hormigón adosada que amplía sus dominios a 24 millas.


El faro de Touriñán

Touriñán ha sido también testigo de innumerables naufragios, algunos con historias curiosas, como el del barco alemán Madeleine Reig, que en 1935 partió en dos al gallego Ocho hermanos.

Dicen que el asesino siempre vuelve al lugar del crimen, y 22 años más tarde, en 1957, el Madeleine Reig se hundió casi en el mismo lugar donde había hundido al pesquero gallego.

Seguimos nuestra navegación contra el viento, y llegamos al lugar más temido por marinos de todo el mundo, la zona cero de la Costa de la Muerte, el cabo Villano (Vilán en gallego).

Antes pasamos a distancia por otra zona cero más reciente, la de la marea negra del petrolero Prestige, que tuvo en Muxía su imagen más impactante, con el chapapote pegado a los globos de las farolas del paseo marítimo.


El santuario de Muxía y la Baliza de A Barca

Volviendo a Cabo Villano, el 8 de noviembre de 1890 el H.M.S. Serpent, un buque escuela británico, debió confundir el faro de Cabo Villano con el de Finisterre y encalló en la Punta Boi de Camariñas, llevándose al fondo con él a 172 marinos entre cadetes y oficiales.

Todo el mundo se quedó en silencio, como señal de respeto a todos los marinos que no lograron cruzar sus aguas, y también con un poco de aprensión para no engrosar la interminable lista de naúfragos


El Cabo Villano y el faro

La silueta del faro es majestuosa, una torre de 24 metros sobre un farallón rocoso que se alza 80 metros sobre el mar, siempre tan agitado que parece que tiene como objetivo alcanzar el faro.

Cuando su luz empezó a emitir en 1896, era el único lugar de la zona con energía eléctrica.

En 1962 se reformó para alcanzar las 28 millas y se le añadió una sirena antiniebla, “a vaca”, como la llaman por allí, que cuenta con seis vibradores y emite la V en Morse.


No se me da bien pintarme los labios

El viento también se expresa aquí con tanta violencia como el mar, y obligó a construir un túnel que comunica el edificio de los fareros con la torre, con 150 escalones.

El enorme edificio, de 2 plantas, está hecho de manera simétrica, con dos viviendas espejo que albergaban a las 2 familias de los torreros que vivían en el faro permanentemente.

El mismo viento genera hoy electricidad en lo que es uno de los mayores parques eólicos de Europa, con centenares de aspas girando a gran velocidad y generando un tremendo zumbido, que no por ser una energía limpia deja de causar una gran contaminación visual.

Aún no repuestos de la impresión del Cabo Villano, alcanzamos el que es (y será casi sin duda), el último faro construído en España, el de Punta Nariga, que desde 1998 lanza sus destellos desde 50 metros de a.s.n.m.


Punta Nariga. La balsa de piedra

Desde lejos parece un navío de piedra, quizá como un homenaje a la leyenda de Santiago, que llegó en una barca de piedra a Padrón, ya que la torre cilíndrica está sobre una estructura cuadrangular que parece un puente de barco, a su vez construída sobre una base triangular que es una proa enfilada al mar.

Su arquitecto, Cesar Portela, es también autor del Museo del Mar en Vigo, inaugurado en 2005. Gallego de Pontevedra, no hay duda que le pone un toque “gallego” a sus obras, ya que Nariga está construído con granito de Mondariz, la base, y granito rosa de Porriño, la torre.


La baliza de Roncudo con los generadores eólicos

Algunas de sus obras emblemáticas son el nuevo cementerio de Finisterre, sin duda el que tiene mejores vistas del mundo, porque ya se sabe que en Galicia “los muertos están muy vivos”, y la Domus de La Coruña, proyectada conjuntamente con el arquitecto japonés Arata Isozaki.

Después del empacho de faros con Finisterre, Touriñán, Vilano y Nariga, el postre fue el de las Islas Sisargas, uno de los pocos que no están automatizados y exigen el peligroso desplazamiento desde Malpica, que por si no os habíais dado cuenta, tiene la etimología del nombre en lo agitado de su mar.


El faro de Sisargas

En Sisargas sólo viven los fareros, y además del faro hay una sirena antiniebla, a esta le llaman la “vaca marina”.

Si hubo postre no podía faltar la guinda, y esta no podía ser otra que la Torre de Hércules de La Coruña, el faro más antiguo del mundo en funcionamiento, cuya silueta se ve desde muchas millas de distancia, gracias a los 49 metros de altura más los 57 de la colina en la que se asienta, lo que eleva su linterna hasta 106 metros.


Juan Salvador Gaviota y la Torre de Hércules

La musa de los fotógrafos quiso ponerme en línea 2 de mis referencias vitales:

la Torre de Hércules, que me guía simbólicamente en mis regresos a la Coruña después de meses vagando por el mundo, y a Juan Salvador Gaviota, ese maravilloso personaje de un libro que un día me animó a volar libremente por el mundo sin importarme las críticas del resto de la manada.


La Torre de Hércules desde el mar

Quizás fue la luz o una gota de mar, pero una lágrima asomó a mis ojos cuando navegábamos frente a este monumento que aún no es oficialmente Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, pero como la sociedad civil siempre se adelanta a los burócratas, los gallegos y los millones de personas que desde el s. II han navegado bajo su luz o su silueta, hace tiempo que le pusieron el distintivo, como demuestra su omnipresencia en todos los ámbitos de la vida coruñesa, desde los escudos de las instituciones, los nombres de los negocios, los trofeos de fútbol, etcétera.


Uno de los dos faros de Mera

Selecciono uno de los comentarios a la campaña de Apoyo a la candidatura de la Torre de Hércules, que comenzó en el 2004 desde Patrimonio-Humanidad y continúa ahora desde farosdelmundo, de Joost:

1959 – Tierra la Vista

Tenía 14 años y volvimos desde Uruguay a Europa en un carguero holandés. En Montevideo te lloró sin consuelo la dueña del hostal cuando se enteró que íbamos a pasar por tu lado en el HMS “Aldabi”. Era una buena mujer gallega, que había perdido la esperanza de volver a verte….estoy aún impresionado…


El atardecer en el Kanala

Este año pude estar ahí a tu pie, significas el fin y el comienzo de las tierras de Europa, la guia de nuestras naos por milenios, significas patria…, hogar…, incluso para este humilde holandés errante…..

Que te hagan formar parte del patrimonio de la humanidad que te lo mereces por todo eso y los años que has servido al navegante.

¡Aqui Hércules! ¡Aqui Europa!“”

Gracias Joost por esta poesía, que lo es y mucho.

Si la Torre fue la guinda, el broche de oro fue la navegación hasta Sada, dejando los 2 faros de Mera a estribor, con una luz crepuscular que le iba dando un barniz dorado mágico a todo lo que tocaba, objetos y personas, con las nubes dando toques de color rosa.


Crepúsculo dorado en La Marola

Pasamos la isla de La Marola, el lugar donde bastantes barcos tienen problemas.

Unos han encallado y permanecido varios días allí como espectáculo gratuito, o naufragado con resultados trágicos, como el Meloxeira en Lorbé con cuatro hombres a bordo, lo que confirma la sabiduría gallega, que hace mucho tiempo dice que “el que pasa La Marola pasa la mar toda”.


Entrando en el puerto de Sada

El sol se iba ocultando tras los árboles que jalonan esta costa y llegan hasta el mismo borde de los acantilados.

Es una de las pocas zonas de Galicia en las que no se ha construído hasta el mar, no por afán proteccionista, sino porque construir una casa en “el lugar donde da la vuelta el viento” era garantía de que ibas a tener que cambiar muchas tejas y realizar muchas reparaciones.


The End

Ahora que los materiales constructivos sí permitirían construir auténticas atalayas sobre el mar, la zona está protegida y la ley de Costas no lo permite, así que se ha salvado por esta vez.

Parecía que el director de esta película llamada Navegando por la Costa de la Muerte quisiera terminarla con un final feliz y dorado que espero sea premonitorio de lo que me espera en los próximos meses oteando faros desde tierra, mar y aire, y donde pueda me meteré también en sus entrañas para conocer el alma de estos Caminos de Luz.

 


Panorámica del puerto de Finisterre al amanecer

 

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Haz clic para ver las fotos de la navegación entre Finisterre y Sada.

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¡ Hasta pronto !!

Desde La Coruña, 31 de agosto de 2005