Mi paso por Buenos Aires ha sido fugaz, ya que después de 10 horas de vuelo desde Cancún, tomé (aquí no se puede decir coger) un bus que me trajo a Paraná, donde tenía contactos que conocí a través de vagamundos y que hoy puedo decir que son mis amigos. La cálida acogida que me han dado contrasta con la temperatura ambiente, ya que aquí están a finales de otoño. Si en todo mi viaje me hubieran tratado de la misma manera, creo que hubiera vuelto malcriado a España, ya que en Paraná se han desvivido para que mi estancia fuera lo más placentera, y me han llevado de aquí para allá a admirar los hermosos lugares de la provincia Entre Ríos, que como su propio nombre indica, se ubica entre los ríos Paraná y Uruguay.

El río Paraná, que recorre Argentina de Norte a Sur, desembocando en el Atlántico después de pasar entre Buenos Aires y Montevideo, es el pulmón de la ciudad, junto con el parque Urquiza, que desciende armoniosamente por las laderas hasta el paseo marítimo que recorre la costanera del río. Allí se ubican varios club deportivos con muelles de atraque para veleros.

Mis amigos me llevaron en un velero a recorrer las márgenes del río, que es muy ancho y tiene islotes protegidos en el centro de su cauce, además de varios canales y brazos laterales; el color es de dulce de leche; si habéis probado este típico postre argentino sabréis qué color es exactamente, y si no podéis ir a la sección de fotografías para incorporar un nuevo color a vuestra paleta. La comunicación entre las 2 márgenes del río se hace por un túnel subterráneo de más de 2 km de longitud, o por barcazas que unen las 2 orillas transportando vehículos y personas.

Por supuesto, como manda la tradición, la primera noche me invitaron a un asado, que hicimos en casa de Marta, mi hada madrina en Paraná, y allí degusté la deliciosa ternera argentina, que si esta loca lo disimula muy bien, en sus variadas acepciones de costilla, bife, chorizo, y hasta chinchulines, de los que no soy muy aficionado pero hice una excepción. Mi aportación fue el vino, que era de Mendoza, la mejor zona vinícola del país, y ante mi desconocimiento de los caldos argentinos, y los seguros enemigos que me ganaría si llevaba algún buen vino chileno como Concha y Toro o Casillero del Diablo, opté por un Marqués de Griñón producido en Argentina, que me imaginé era al menos de la calidad del producido en España, y por lo poco que duraron las botellas, acerté en mi elección.

Entre restos de vapores etílicos, al día siguiente fuimos al Parque Nacional del Pre-Delta, que es de reciente creación y ocupa un área de 2.400 hectáreas. Evidentemente, los mejores recorridos por el parque se hacen en barca, y se pueden apreciar hermosos árboles como el sauce criollo, el pacará, y la flor nacional, el ceibo. En lo que respecta a la fauna, abundan los dorados, la nutria, el roedor más grande del mundo, el carpincho, pero lo más destacable son las aves: martín pescador, garzas blancas, gaviotín, gallareta y chajá entre otros vuelan por el curso del río y en sus islas y lagunas.

Mi estancia en Paraná ha puesto el listón muy alto para el resto de mi estancia en Sudamérica, pero estoy seguro de que mi próximo destino, las cataratas de Iguazú, estarán al mismo nivel.

¡¡ Hasta Pronto !!

Desde Paraná, 07/05/2001

Argentina