La mayor parte de los gallegos tienen algún familiar que se dedica al mar, y la mayor parte de los que viven en la llamada Costa de la Muerte han tenido la mala suerte de que la Parca ha llamado alguna vez (o varias, que del mar se vive por generaciones) a su puerta familiar.

Todavía hoy el negro es el color que predomina en las vestimentas de las viejitas que caminan por esos pueblos con permanente olor a salitre y donde el viento anuncia que lo excepcional es que el mar esté en calma.

César Antonio Molina escribe que la Costa de la muerte es “”un viaje elegíaco al territorio del mito””. Otro escritor, Suso de Toro, dice que “”hay una belleza específica en la costa oeste más salvaje, seguramente sea la presencia de esa muerte que es su apellido. Una belleza fulgurante, tan transparente como heridora. Belleza mortal, porque aquí no hay zonas intermedias, limbos, tonos suaves; aquí sólo hay la vida y la muerte, generándose mutuamente como dos serpientes anudadas que se devoran. Aquí se vive contra la vida y contra la muerte. Éste es el escenario alto de una tragedia de gentes contra un destino.””

Manuel Rivas tiene un libro de poesía en gallego llamado Costa da Morte Blues, dedicado al mar.

La Costa de Morte empieza en Malpica y acaba en Muros. En ella el viento incesante y el mar bravío han labrado las piedras a martillazos, no hay un sólo pedazo de su costa llano, excepto los Paraísos interruptus de las hermosas y salvajes playas.

Es tierra de faros: O Roncudo, en Corme, el de Cabo Villano, que en Navidad enciende el “fuego nuevo”, para que las almas de los marinos ahogados pudiesen encontrar buen puerto, y sobre todo el de Finisterre, verdadero final del Camino de Santiago y de tantas otras cosa.

La conjunción de los nombres Costa de la Muerte y Finisterre o Fin de la Tierra conocida asusta al más pintado, y con razón. Es la costa de los naufragios, sus costa escarpada y sinuosa, y los frecuentes temporales los han hecho famosos por sus tragedias marinas, casi tanto como otros cabos míticos, el de Hornos y el de Buena Esperanza.

Se han contabilizado más de 150 naufragios con miles de muertos. La relación sería interminable y macabra, desde los 25 buques de la Armada Española que naufragaron en Corcubión en 1556, con el resultado de 1706 muertos, hasta el desastre del petrolero Prestige, que en 2002 llevó un reguero de muerte negra a toda la costa gallega, pasando por el naufragio en 1890 del H.M.S. Serpent en la Punta Boi de Camariñas, un buque escuela de bandera inglesa que se llevó al fondo 172 marinos entre cadetes y oficiales.

El naufragio sucedió el 10 de noviembre de 1890, en la ruta de Plymouth a Sierra Leona.

El mar devolvió todos los cadáveres. Los marinos fueron enterrados en el lugar de Xaviña, y por no ser católicos, el lugar sigue llamándose el “cementerio de los ingleses”.

Toda Camariñas se portó ejemplarmente, y laa Marina Británica, en agradecimiento, envío un reloj de oro para el alcalde, un barómetro para el ayuntamiento y una escopeta para el cura, aficionado a la caza, con la inscripción: “Commisioners of the British Almiralty”.

Cada vez que un barco británico pasaba por la zona disparaba salvas de homenaje y la tripulación se acercaba a poner flores en las tumbas. El propio almirante de la flota iba a la parroquia “a reponer la munición para el señor cura”.

El mascarón de proa del H.M.S. Serpent, con forma de hombre barbudo envuelto en una serpiente, estuvo hasta hace poco colgado en un molino de Camariñas.

Esto desdice la leyenda negra de la Costa de la Muerte, ya que se cuenta que a veces los naufragios eran provocabados por falsos faros colocados en el cuello de las vacas, que llevaban los barcos hacia los acantilados.