Primeras Impresiones de Cabo Verde

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Cabo Verde está compuesta de 10 islas, todas habitadas excepto Santa Luzia, y varios islotes menores. Por su ubicación geográfica, en la senda de los vientos alisios o vientos portantes que, causados por la rotación de la tierra, llevan a los veleros “viento en popa a toda vela” hacia América, es escala casi obligada de los barcos que cruzan el Océano Atlántico, y las islas están divididas en dos grupos, de Barlavento y Sotavento

Según el diccionario, la definición de barlovento es “parte de donde viene el viento con respecto a un punto o lugar determinado”, lo que sin duda es una descripción exacta de las islas más al norte de Cabo Verde, ya que en ellas siempre sopla el viento, y bastante fuerte.

El grupo de islas más al sur se llama, cómo no, de Sotavento, que es el lugar opuesto al que viene el viento.

El grupo de islas de Barlavento abarca, de oeste a este, Santo Antão, São Vicente, São Nicolau, Santa Luzia, Boa Vista, y Sal. El grupo de Sotavento incluye Brava, Fogo, Santiago y Maio, también de oeste a este.

La mayoría de vuelos internacionales aterrizan en la isla de Sal, que es la más turística, y curiosamente su aeropuerto es mucho más grande que el de la capital del país, Praia, situada en la isla de Santiago.

En este último aeropuerto aterricé yo, en un extraño vuelo de TACV, las lineas aéreas de Cabo Verde, de las que desgraciadamente tendré que hablar en mis diarios, que me llevó desde Freetown, Sierra Leona, hasta Praia, haciendo paradas en Banjul, Gambia, y Dakar, Senegal, en un avión bimotor ATR 72, que convirtió en unas 7 horas lo que hubiera sido un vuelo de 2 en un reactor.

La llegada al aeropuerto de Freetown ya había sido una aventura en sí misma, porque se ubica en Lungi, en el lado opuesto de la bahía donde se encuentra Freetown, sin puente que una las 2 orillas, por lo que las opciones para llegar son, por orden de precio descendente, la lancha rápida, el helicóptero, el overcraft y el transbordador.

Como suele pasar tantas veces en África, el overcraft llevaba varios meses parado por avería, y el helicóptero, de origen ruso y manejado por pilotos de la misma nacionalidad, dejó de funcionar, por razones de seguridad, precisamente el fin de semana que yo me iba, así que sólo me quedó la opción del transbordador, ya que el precio de la lancha rápida, 100$ USA, estaba fuera de mi presupuesto.

El problema de los transbordadores es que tienen horarios erráticos, y llegar al puerto significa atravesar toda la ciudad de Freetown, lo que un lunes puede suponer 2-3 horas de taxi, o sea que para un vuelo a las 16h, estaba tomando un taxi a las 7h30 a.m.

Después de un recorrido infernal por Freetown, en el que nuestro taxi se recalentó varias veces y, dando estertores, amenazaba con morirse de un momento a otro, llegamos al punto de embarque para descubrir que el ferry acababa de salir y el siguiente horario no era hasta las 14h.

Los intermediarios se empeñaban en ofrecernos una lancha rápida, pero yo vi que un grupo de personas estaban embarcando en un cayuco, y nos subimos con ellos; bueno, y con los pollos, los cerdos y todo tipo de animales

El problema de los cayucos es que no pueden utilizar el muelle del ferry, por lo que te desembarcan en un playa, y si no quieres mojarte, unos amables forzudos te llevan en brazos o, intentando mantener la dignidad como yo, a caballito sobre los hombros, incluyendo mi peso y el de la mochila, para depositarte en la arena y exigirte más dinero que el que habías acordado, ya que pesas mucho más que los africanos, y el precio es “por quilo”.

De la playa ya sólo quedaba un corto trayecto en taxi al aeropuerto, que a pesar de ser internacional parece de juguete, sin opciones para matar el tiempo si al final has llegado con mucha antelación, como me pasó a mí.

Por suerte conocí a unos norteamericanos que venían de adoptar a una niña de Sierra Leona, el tercer niño adoptado de la familia, y estuvimos charlando un buen rato sobre el tema de las adopciones internacionales y el “negocio” que supone para algunos países.

Volviendo a Cabo Verde, que me he dejado llevar por el viento, mi aterrizaje en Praia supuso enfrentarme con la doble realidad de un país que es organizado en las formas, pero caótico en el fondo, y me explico para que nadie me llame colonialista o insulto similar.

Llegué casi a medianoche, y vi que había dos cajeros automáticos, por lo que intenté sacar dinero, pero uno no funcionaba, y el segundo me dio el recibo pero no el dinero, un problema que después de dos meses aún no he solucionado, porque en la cuenta sí que me han retirado el dinero.

Le dije al taxista que no había podido sacar dinero en el cajero, y que me parara en uno camino de la ciudad. Fue muy amable, y no sólo me llevó al cajero, sino que también me llevó a un hostal, ya que no tenía reserva hecha; la única pega es que me cobró el doble de la tarifa oficial, algo que todos los taxistas de Praia, al menos esa es mi experiencia en los 6 viajes que hice ciudad-aeropuerto y viceversa, intentan con los turistas.

Cabo Verde es un país ejemplar en las grandes cifras, estadísticas y rankings de países en vías de desarrollo, pero la realidad cotidiana es mucho más dura, ya que lo que vi en los 50 días que pasé en el país es que los aviones son nuevos, pero los retrasos son continuos, los barcos parecen a veces tan fantasmas como el del holandés errante, la gente pasa horas esperando un camión cisterna con agua potable, y en el transporte público la gente va hacinada, eso sí, en furgonetas Hiace nuevas.

Viniendo de África del oeste, donde es mejor no tomar un avión, los ferrys dan la impresión de que van a hundirse de un momento a otro, las mujeres tiene que caminar horas para buscar agua potable, y el transporte público se hace en vehículos de hace 30-40 años y por pistas de tierra, más que quejas, mis comentarios sobre Cabo Verde son de sorpresa, ya que tienen todo los elementos para que el país funcione bien, pero la realidad es que no lo hace.

Quizás los cinco siglos como colonia portuguesa cuasi olvidada por la madre patria y los 15 años de gobierno comunista monopartido han dejado una impronta difícil de borrar.

La primera semana en Cabo Verde la pasé intentando descubrir los horarios de los barcos a las islas de Brava y Fogo, al oeste de Santiago, pero en la agencia me decían todos los días “vuelva usted mañana”; cuando finalmente llegué un día, vi que había cola de gente en la puerta de la agencia, y entré para preguntar si había barco y me dijeron que sí, también me dijeron que ya no había plazas.

Derrotado en mi primera batalla con la burocracia caboverdiana, decidí comprar un billete de avión a Boavista. Mi comentario inicial sobre la TACV se debe a que es una compañía estatal que tiene el monopolio de los vuelos interiores en Cabo Verde, que utiliza aviones bimotores de bajo coste y mantenimiento para vuelos entre islas que no suelen durar más de 20 minutos, pero a los que hay que añadir 1 ò 2 horas de retraso, que cobra precios de primer mundo en torno a los 100€ por vuelo, y que, a pesar de todo lo dicho antes, pierde dinero.

La compañía está sometida a un proceso de privatización que por ahora no ha dado resultados positivos, y se puede decir que la TACV es la principal rémora para el desarrollo turístico de Cabo Verde. De la seguridad mejor no hablar, porque en todos los vuelos internos que hice nunca vi que revisaran ningún equipaje ni a los pasajeros (espero que Bin Laden no lea vagamundos).

Aterricé en la isla de Boavista, que como su propio nombre indica debe tener buenas vistas, bajo una tormenta de arena que casi nos hace regresar a Praia, y me fui a su capital, Sal Rei, pero esa es una historia que será contada otro día.

Visita el sitio de turismo de Cabo Verde y la web del gobierno de  Cabo Verde, en portugués.

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!! Hasta Pronto !!

Carlos, desde Madrid, España, 21 de mayo de 2008