Mendoza. Tierra de vinos y montañas.

Mendoza (ciudad y provincia), es una de las áreas más desarrolladas de Argentina, ya que el 70% de la producción vinícola del país se hace aquí; además, el paso fronterizo con Chile es uno de los más transitados, ya que es la salida natural al Pacífico, al puerto de Valparaíso, por lo que el tráfico de camiones es incesante. Otra área en desarrollo es el deporte de aventura y el montañismo, ya que alberga una de las montañas míticas, el Aconcagua, la más alta del mundo fuera de los Himalayas, con 6960 metros, que está en mi lista de sueños por cumplir.

La ciudad de Mendoza tiene 500.000 habitantes, y está bastante bien urbanizada, con árboles en casi todas las calles, y una gran plaza central, Independencia, rodeada de otras 4 plazas menores muy bonitas, España, Italia, Chile y San Martín. La calle San Martín, con sus álamos, era el lugar preferido para pasear a principios de siglo, y ahora es el corazón comercial de la ciudad. Las bodegas son una de las visitas obligadas en Mendoza, pero yo tuve la mala suerte de que la que elegí ya no se podía visitar (inconvenientes que a veces pasan cuando no vas en un tour organizado).

El motivo principal de mi visita a Mendoza es que desde aquí parten las expediciones al Aconcagua, que sólo se escala entre 15/11 y 15/3, ya que el resto del año las condiciones climáticas son extremas, y quiero obtener información de primera mano para el futuro. El tour (aquí no me quedó más remedio, ya que no hay transporte público) sale muy temprano, 7 am, y cuando a las 8 am asoma un sol radiante, me alegro, porque ha estado lloviendo sin parar en Mendoza durante varios días, algo inusual.

La carretera transcurre al principio por viñedos, pero en cuanto superamos los 1000 metros de altitud, éstos desaparecen para dejar paso a una vegetación baja, sin árboles, ya que no llueve suficiente para que haya bosques. Vamos paralelos al río Mendoza, y en la margen de enfrente se pueden ver los restos del ferrocarril Transandino, una gran obra de ingeniera de principios del S.XX y que por razones de rentabilidad fue suspendido en 1982. Da una pena enorme ver las estaciones derruidas, el tendido arrancado, los túneles y puentes de hierro abandonados, y los galpones construidos para proteger a los trenes de las avalanchas de nieve, con sus estructuras carcomidas por el paso del tiempo.

Uno de mis viajes soñados era el que cuenta Paul Theroux en su libro “El viejo expreso de la Patagonia“, un recorrido en tren a través de toda América hasta Patagonia, viaje ahora imposible, ya que tanto en Centroamérica como en gran parte de Sudamérica las líneas de pasajeros han desaparecido en favor del avión, más rápido, pero que no te permite disfrutar del paisaje ni prepararte mentalmente para tu próximo destino.

Paramos a desayunar en Uspallata, un plácido pueblo de 5.000 habitantes, que se vio revolucionado cuando Brad Pitt rodó la película “7 años en el Tibet” (la gran mentira y magia del cine, una película rodada en los Andes por un actor norteamericano que describe las andanzas por el Tibet de un escalador austriaco durante la segunda guerra mundial). En nuestro camino al Aconcagua, pasamos por una pequeña estación de ski, los Penitentes, que tiene como peculiaridad que la carretera que la atraviesa pertenece a 2 municipios distintos, y por tanto la concesión de las instalaciones y alojamientos es diferente según el lado en que estés, ¡ la burocracia universal !

Llegamos al Parque del Aconcagua, que se yergue majestuoso en sus casí 7.000 metros, 4.000 más de donde estamos, y el sol resplandece en la cara sur, la más difícil de subir. Consuelo, la guía, nos comenta que por primera vez este año se ha instalado un helicóptero de rescate que ha reducido el número de muertos por temporada de 8 ó 10 a “sólo” 2. No es una montaña muy alta, pero en los Andes la climatología es totalmente imprevisible, y una escalada placentera se puede convertir en un infierno de viento, frío y nieve que ha dejado en el camino a muchos montañeros que están enterrados en el cementerio de los andinistas, a los pies del parque, un final diferente al sueño de hacer cumbre en el Aconcagua que todo montañero tiene. El vigilante de Piedra (es lo que significa Aconcagua en Inca) se cobra su tributo por ofrecer tanta belleza.

Con la imagen del Aconcagua en mi retina, seguimos camino a Las Cuevas, el último pueblo antes de pasar a Chile, de donde parte el camino al Cristo Redentor, una estatua de bronce de 8 m situada a 4000 m de altitud en la misma línea de frontera, que conmemora una de las múltiples veces que Chile y Argentina han estado a punto de entrar en guerra, y que por mediación del gobierno británico por suerte se frustró. Se tuvo que transportar en mulas en piezas, y soldarse in situ en condiciones extremas. El camino sólo se abre de Diciembre a Febrero.

Nuestra última visita en un día lleno de luz, sol, nieve, viento y un frío gélido, es a la Hosteria del Inca, donde comemos tarde, y después visitamos las ruinas de un Hotel Balneario famoso por sus aguas sulfurosas, que fue destruido por una avalancha de rocas de la montaña, y que milagrosamente (nunca mejor dicho), sólo respetó la capilla. Las aguas termales todavía brotan calientes entre píscinas y acequias, y dan una tonalidad roja a toda la tierra de los alrededores.

El regreso al atardecer por el valle bordeando el río Mendoza, con una luz rojiza que cambia de color las montañas y las presenta todavía más hermosas, es el broche perfecto para un día lleno de sensaciones.

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¡¡ Hasta Pronto !!

Desde Mendoza, 20/05/2001

Argentina