Galápagos. La belleza del Silencio.

El diario más difícil de todo el viaje va a ser el de Galápagos, ya que me resulta imposible poner en palabras todas las sensaciones, imágenes, olores, y sabores que he absorbido esta semana. Me limitaré en un primer diario a describiros lo más gráficamente posible mi recorrido por las islas, y cuando me recupere de la impresión y cada recuerdo ocupe su sitio, intentaré transmitiros qué se siente nadando con 6 lobos marinos que juegan contigo y te miran con sus tiernos ojos a solo 20 cm de tu cara, bucear tranquilamente con una enorme tortuga marina que se deja acariciar, caminar por campos de lava que nos retrotraen un millón de años escuchando el silencio, pasearse entre miles de animales que no sólo no nos tienen miedo, sino que se acercan curiosos a ti e intentan olerte y tocarte; en fin, comunicaros las emociones que he acumulado y que reviviéndolas ahora me ponen la piel de gallina.

El viaje a las Galápagos es caro, pero os garantizo que vale la pena; los precios varían mucho según la época del año en que viajemos, y es posible encontrar a última hora descuentos de hasta el 50% siempre que no vayamos en temporada alta, que empieza ahora en Junio. Los cruceros son de 3 tipos, barcos de unos 100 pasajeros, de 50 y de 15; esto últimos tienen poca autonomía, por lo que no van a algunas de las islas más interesantes, como la Isabela; los de 100 pasajeros alargan mucho el desembarque y embarque de los grupos, por lo que se pierde tiempo y el trato es menos personal. Nuestro barco, el Tropic Sun, admitía hasta 48 pasajeros, y en nuestro crucero había 40; la tripulación era muy cordial, y en el bar siempre nos recibían con un disco de Maná porque sabían que nos gustaba mucho.

Los cruceros suelen ser de 3, 5 y 7 días, esta última es la única opción si se quieren conocer bien las islas. Para un crucero de 7 días, el precio oscila entre $600 y $1200, a lo que hay que añadir $330 del vuelo (Galápagos está a 1000 km del continente), y $100 de la entrada al Parque Nacional Galápagos, lo que nos pone en un mínimo de $1000. La única opción más barata posible, si no se tiene prisa, es tomar un barco de carga desde Guayaquil, y luego moverse entre islas con barcos de transporte de habitantes, pero hay que tener en cuenta que las islas más interesantes están deshabitadas, y la única manera de llegar es con un crucero.

El 4 de Junio comenzó nuestro periplo, primero con un vuelo de Tame a Guayaquil y Galápagos, que aterrizó a mediodía en la isla de Baltra, muy llana y desértica; el aeropuerto es una sencilla construcción de madera abierta por los lados; no se necesita más porque apenas llueve y las temperaturas son siempre agradables. Allí nos esperaban los guías, César y Manuel, que nos embarcaron en un bus al muelle, a 5 minutos, donde se encontraba nuestra embarcación, que por su calado medio podía atracar en la pequeña bahía; los barcos grandes tienen que tomar sus pasajeros en la isla Santa Cruz, lo que implica un transporte adicional de Baltra a Santa Cruz.

Por si uno no se había dado cuenta del privilegiado lugar en que estábamos, un lobo marino estaba dormitando en el muelle, inmutable al trasiego de gente con sus maletas. El recibimiento no podía ser mejor. Después de alojarnos en nuestros camarotes, sin tiempo a recuperarnos de la primera impresión, hacemos un desembarco “mojado”, lo que significa que con las pangas o dingis (lanchas pequeñas) llegamos a la playa, y descendemos en el agua. La playa es de roca volcánica, ya que el origen de las Galápagos es volcánico, y alguna isla como la Isabela tiene hasta 5 volcanes, alguno de ellos todavía activo.

Lo que más sorprende en las Galápagos es la aglomeración de diferentes animales que viven en total armonía sin molestarse los unos a los otros, a lo mejor nos podrían enseñar el secreto a los humanos; en un pequeño espacio encuentras cangrejos, iguanas, gaviotas, lobos marinos, pelícanos, fragatas, pinzones y cientos de nidos de tortugas marinas, que ahora están vacíos porque ha pasado la época de incubación. Los cangrejos se encuentran a miles, y su color es negro lava de bebés, rojo de juveniles, y con tonalidades azules cuando maduran. También hay flamencos, pero muy pocos, ya que la población de todas las Galápagos se estima en pocos cientos.

Después del paseo nos vamos a bucear a la playa, y si el espectáculo de la fauna terrestre era increíble, el marino te deja sin respiración, algo peligroso en el mar; a sólo 2 metros de profundidad, con una visibilidad total, se encuentran miles de peces tropicales de todos los colores y tamaños, y hasta veo una serpiente marina naranja moteada de pintas azules. Los pelícanos se zambullen continuamente en sus descensos kamikazes a la búsqueda de peces, espero que no confundan a los bañistas con un pez multicolor.

Regresamos al barco con la misma sensación que debió sentir Darwin al desembarcar en las Galápagos y encontrar una fauna que le permitía acercarse a centimetros para observarla, lo que le permitió desarrollar la teoría de la evolución que al principio causó un revuelo tremendo porque emparentaba al mono con el hombre y ponía en solfa toda las bases científicas y religiosas que había.

El aislamiento de las diferentes islas en Galápagos le permitió demostrar que las especies evolucionaban y se adaptaban al medio; en las Galápagos había 14 especies diferentes de tortugas terrestres, de las que sólo quedan 11, y hasta 10 subespecies de pinzones diferentes, que habían desarrollado su pico en diferentes formas para poder obtener su alimento, incluso uno de ellos utiliza como herramienta un palo para extraer de los árboles las larvas de insectos.

La primera noche no podía terminar mejor, ya que mi pasaporte había quedado en manos de Sandra, la responsable del pasaje, y se dio cuenta de que era mi cumpleaños, así que después de la cena y antes del postre, se apagaron las luces del comedor, y entró el guía acompañado de varios miembros de la tripulación con una guitarra y cantando el “cumpleaños feliz”; me emocioné y luego nos fuimos al bar a inaugurarlo y a avisarles para que lo tuvieran siempre bien provisto el resto del viaje.

Una luna casi llena puso el perfecto final para un primer día que uno no se podía imaginar mejorable, pero los siguientes demostraron que en las Galápagos uno nunca deja de sorprenderse y maravillarse ante el espectáculo natural que se despliega ante sus ojos.

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¡¡ Hasta Pronto !!

Desde Puerto Baquerizo Moreno. Isla San Cristóbal, 06/06/2001

Islas Galápagos Ecuador